«El celo de tu casa me devora» (Salmo 69)
«Y haciendo un azote de cuerdas, arrojó del Templo a todos, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. Y a los vendedores de palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre un mercado”. Y sus discípulos se acordaron de que está escrito: “El celo de tu Casa me devora”» (Jn 2-15)
La militia (o ‘milicia’) es la defensa realizada por toda una población como causa común. Es a su vez un estado o cualidad de ser de una persona (-itia). En Job vemos expresada esta realidad: «La vida del hombre milicia es en la tierra» (Jb 7:1). En san Pablo este combate espiritual se extiende más allá del mundo material:
Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial. Tomad, por eso, la armadura de Dios, para que puedas resistir en el día malo y, habiendo cumplido todo, estar en pie. Teneos, pues, firmes, ceñidos los lomos con la verdad y vestidos con la coraza de la justicia, y calzados los pies con la prontitud del Evangelio de la paz. Embrazad en todas las ocasiones el escudo de la fe, con el cual podréis apagar todos los dardos encendidos del Maligno. Recibid asimismo el yelmo de la salud, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (Ef 6:12-17).
Todos los Padres han coincidido en que el cristiano debe ser un caballero espiritual, un guerrero que ha de mantener una lucha constante contra tres enemigos formidables: el mundo, la carne y el demonio. Este combate es personal; ya san Agustín nos aconsejaba: «a los que nos combaten desde fuera, los vencemos desde dentro». Es a su vez colectivo, comunitario, haciendo causa en la falange o tropa de la Iglesia. San Bernardo nos invitaba a aunar las virtudes del orator (el que reza) con el bellator (el que combate). En este sentido, la Militia Tabernaculi continúa esta fecunda tradición de la vida espiritual entendida como combate, y más en los tiempos actuales, donde los frentes de batalla están no solo fuera de la Iglesia, sino dentro ella, con estrategias que pretenden debilitar esta conciencia de esfuerzo y virtud. En este sentido, queremos tomar conciencia de lo que en el catecismo se nos recuerda:
A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas, que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (GS 37, 2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 409).
Por eso el lema de la Militia Tabernaculi es «El celo de tu casa me devora».
Sumidos en una reforma constante, donde paso a paso se van demoliendo los fundamentos de la tradición católica, para consternación del alma inspirada por la pietas —ese lazo de fidelidad compasiva y fervor que nos une a Dios— los sagrarios han ido perdiendo su centralidad en los templos. Todos conocemos los abusos litúrgicos que pretenden operar un desplazamiento de lo cristocéntrico a lo antropocéntrico. Por eso, los sagrarios han perdido su lugar, asociado al altar, donde toda mirada podía entender su simbolismo y la relación fundante entre la Santa Misa y el Sacrifico de Jesús, y la esperanza de la resurrección, por la presencia real de Dios mismo en el Pan, que se reserva y oculta en el sagrario.
La Militia Tabernaculi quiere operar en su modesto esfuerzo un retorno de Jesús Eucaristía al centro de toda nuestra vida cristiana, convirtiendo los sagrarios, y especialmente aquellos más abandonados, en el centro de nuestra vida de oración y en el centro del cosmos, que es su lugar axial y cierto.
El tabernaculum es la tienda portátil que en la tradición judía contenía el arca del pacto y representaba la presencia de Dios. En el catolicismo es el sagrario que oculta y protege las especies consagradas, transformadas en la Santa Misa, en el cuerpo, la sangre y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Un misterio sobrenatural del que, como de un manantial, brotan todos los sacramentos. En ese pan aparentemente modesto, descansa y se conmueve el corazón del fiel, y junto a él toda la creación, los ángeles y los santos.
¿Qué mejor lugar para orar, para hablar con Jesús, para reparar las ofensas que le hacemos, para unirnos a toda la Iglesia, para sentirnos cerca del «centro del mundo»?
Somos una milicia que asume el compromiso de formar un modesto escudo que proteja al Señor de los profanadores, de los que quieren destruir su obra y destruir al hombre en su dignidad y Verdad. También rezamos por la santidad de los sacerdotes, y porque no nos falten.
Un canto o peán nos incita al combate y nos mantiene despiertos y esperanzados: «El celo de tu casa me devora».
Una comandante nos une, nos nutre y nos guía: la Mater Dolorosa.
Hombres y mujeres nos sirven de inspiración: la Beata Alexandrina, Maximiliano Kolbe, la Orden de los Servitas, que han estado presentes en los orígenes de esta vocación.
Nuestra guardia común: un día a la semana, durante una hora, delante de un sagrario. Avivados con la intención de una oración que sea reparadora, unidos a la pasión redentora de Jesús.
Nuestra guardia privada: ser nosotros mismos sagrarios de Nuestro Señor. Una audacia que sería delirante, sino no es porque Jesús mismo nos quiso llamar amigos y nos ofreció las gracias para adentrarnos en los misterios esponsales.
Una promesa al final del viaje, una tierra prometida y secreta para levantarnos por encima del cansancio del mundo y su banalidad: que la Santa Trinidad haga morada en nosotros.