Lo guardaba todo en su corazón y lo meditaba
Lc 2
Recordemos que la Madre de la Palabra, que permanece casi muda en el Evangelio, nos habla con elocuente apremio en los tiempos actuales. Ella nos tiende, con sus rosas de misterio y esperanza —el rosario— una cuerda de salvación, un itinerario para regresar a la Palabra, una rosa abierta para ofrecer al Esposo, un jardín escondido para cultivarnos y para encontrarnos como Iglesia.
Ella insistentemente nos está anunciando la hora undécima, la apostasía dentro de la Iglesia, la tibieza y confusión de los fieles, el abandono de los sagrarios y de los auxilios sacramentales. Ella, como Madre, también nos da las armas para resistir, nos promete una paga al final de la jornada, por escaso que haya sido nuestro aporte, nos da mucho con poco, en un mundo donde el poco se ha vuelto mucho.
Ella nos guía y alienta, nos ofrece consuelos y nos promete salvarnos si nos mantenemos constantes. Es, por tanto, la comandante ideal para esta batalla última, porque para cada cristiano su vida es la última batalla.
Para la Militia Tabernaculi es su patrona y comandante, su Mujer viril y batalladora, su sostén y consuelo, aquella que va al frente, por delante de la tropa. Es la Virgen María, que en la hora undécima se muestra como la Mater Dolorosa, la que llevó a su Hijo como tabernáculo en la hora más oscura y terrible desde la creación, la hora que va de Cristo muerto a Cristo resucitado.
No debemos olvidar que la resurrección de Jesús señala nuestra propia resurrección y que, por tanto, la reparación no es una oración para tristes, ni para pesimistas:
en ella hay gozo y esperanza cierta.