La Iglesia como cuerpo de Cristo debe seguir a su fundador, y sabemos que la vida de Jesús es prototipo donde se refleja su Iglesia y una propedéutica para el alma de cada cristiano.
Algunos somos conscientes de que, siguiendo los pasos de nuestro Maestro, estamos en una época donde toda la Iglesia, a imitación de su Señor, se enfrenta a la prueba del Huerto de los Olivos. En las profecías de los Evangelios, se anuncia un tiempo de prueba final: «Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?» (Lucas 18:8). Estamos también inmersos en una mutación social y política traumática para los cristianos. Se palpa la Pasión de la Iglesia, y se presentan ante nuestros ojos las mismas respuestas que se dieron con Jesús; como entonces, el miedo o la cobarde tibieza de sus discípulos, la traición de sus allegados, la acusación airada del enemigo y las pruebas en todo el mundo del martirio.
Esta prueba de la Iglesia se anuncia en el Catecismo, punto 675:
675. Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1 Ts 5, 2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2, 18-22).
La reparación es propia de aquellos que sienten esta urgencia por velar junto al Señor, conscientes de que con ello velamos al mundo, vigilamos para proteger aquello que debe ser herencia y testimonio de nuestra Tradición.
Esta es una operación de metanoia, con la que ofrecemos una sustitución consciente y fecunda: poner amor donde el mundo pone odio; poner fidelidad donde el mundo pone división; poner sensatez donde el mundo pone disolución. Las almas reparadoras son una milicia que quiere tapar los huecos que la infidelidad, la ignorancia y la soberbia provocan en el tejido íntimo donde la vida encuentra su fundamento. Son aquellos que se ofrecen para estar en la trinchera de la oración, cuando el ejército enemigo se encuentra a las puertas de casa. Son las almas que vieron los signos de los tiempos, el «principio de dolores», dado que, como profetizó Jesús, hemos llegado a un momento histórico donde se ha «predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin». Un tiempo en que, siguiendo a Mateo 24, «seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre». Un tiempo tan duro para la fe, que Dios mismo nos advierte de que, «si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados».
En el bautismo, somos injertados en Cristo, y en esta operación sobrenatural adquirimos la capacidad sacerdotal para ofrecernos con Jesús, para transformar en sacramento la vida, para obrar una reparación del mundo. El Señor nos lleva a los que Él quiere al Huerto de los Olivos y nos pide una sola cosa: «velad conmigo». Toda la iglesia está hoy en el Getsemaní; ha llegado la noche y Jesús, casi oculto, habla con el Padre. Ha llegado la hora de dar una respuesta, de iluminar con nuestra insignificancia la noche, de despertar el celo del que vigila para proteger lo sagrado.
Recordemos, con todo, que la oración reparadora central y más importante es la que se vive natural y sobrenaturalmente en la Santa Misa. De ella brota y a ella retorna para vivificarse toda práctica reparadora.
La reparación está unida a la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Su práctica y su teología brotan como un fruto propio, en la noche oscura del Huerto de los Olivos; es un tipo de devoción que une lo más emotivo y lo más intelectivo en un mismo acto. Es una simiente que clama y calla en lo más oculto del Hortus Conclusus, en el pozo de donde mana todo sustento espiritual, que es siempre metáfora del corazón de Cristo, del que brota el Amor como potencia creadora.
Decimos que es simiente, porque es una vía que se abre para dar sustento a una humanidad herida y exiliada. Por eso, el que practica esta operación es como un hortelano que busca alimentar, que dona su trabajo para un bien común, que hunde los dedos de su inteligencia en el corazón de Cristo para plantar un nuevo maná. Decimos que clama y calla, como decimos que la reparación es un acto altamente emotivo y profundamente intelectivo, dado que se da la doble realidad del sufrimiento y de la redención, de aquello que lleva hasta el límite el dolor y al mismo tiempo colma su abismo con un gozo renacido. En la reparación, clamamos por las injusticias y miserias del hombre, que las vemos brotar en las heridas del Justo, y callamos ante el misterio de la voluntad del Padre, que sobre el Gólgota hace brotar al hombre nuevo. Lo que sucedió en ese monte es un acto incompresible: allí se cubrió con tiniebla luminosa la historia del hombre; allí de su soberbia e injusticia, como del estiércol, hizo Dios brotar lo Bueno; allí regresan del futuro los hombres de ahora, para ofrecer su modesta ofrenda reparadora; allí se conmovieron Adán y Eva; allí se postraron los ángeles y las luces sobrenaturales; allí el Padre hizo un acto inefable, por el que lo muerto tendría vida, y vida sobreabundante.
Decimos hortus conclusus (‘huerto cerrado’, ‘oculto’) siguiendo al salmista, dado que hay que ir al núcleo del hombre para descubrir que el Esposo aguarda. En el mundo nos dispersamos, nos perdemos y nos condenamos; por eso debemos abrir un claro en su bosque, elevar un muro de prudencia y cultivar un claustro de belleza y verdad.
Decimos finalmente, Corazón de Cristo, porque, si la reparación busca este renacimiento del hombre viejo en el hombre nuevo, esta conversión de la ofensa en justicia, de la enfermedad en salud, de la muerte en Vida, debemos acercarnos a lo más secreto de la voluntad del Padre, a lo que más le conmueve y le consuela. Y todo esto queda expresado y contenido en el Corazón de Cristo, donde el discípulo amado inclinó su cabeza cuando empezó la Pasión. Vemos aquí una sucesión de capital importancia práctica: Jesús inclina su cabeza en la cruz como si fuese el pecho del Padre; Juan inclina su cabeza en Jesús en el momento fundacional de la Misa; y el alma reparadora hace del sacramento eucarístico, de la cruz y de la presencia trinitaria, su corazón más íntimo y verdadero.
Un prolegómeno importante sobre la reparación es aclarar que esta debe ser de alguna manera inspirada por el Señor. La práctica devocional de la reparación seguramente no es para todos los creyentes; de hecho, está íntimamente unida a la vía contemplativa, y por eso es solo aceptada por aquellas almas bien dispuestas a acompañar al Señor y que además se sustentan y alimentan de una teología conforme a la Tradición, sin caer en las dispersiones infecundas de la llamada nueva teología. Se necesita un grado de voluntad especial para acompañar al Señor en el Getsemaní; no olvidemos cómo los discípulos se durmieron y no fueron capaces de velar aquella noche, lo cual manifiesta la debilidad del hombre y su dependencia del Señor. Hay que sentir, con cierta fuerza, un deseo de responder al requerimiento de Jesús: «Quedaos aquí y velad conmigo». Además, la reparación, aun reconociendo que somos pecadores e imperfectos, nos pide un grado especial de discernimiento moral o, por ser más prudentes, un deseo vivo de alcanzar este realismo. O, lo que es lo mismo, el reparador debe profundizar en las consecuencias gnoseológicas y fecundas de la Pureza. Por último, acompañar a Cristo, en el misterio de la satisfacción vicaria, necesita una vocación especial, una cierta predisposición, que nos prepare para decir con el Apóstol «Cumplo en mí lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia» (Colosenses 1, 24). Entrar en el espacio oculto donde el Padre obra su Santidad y Justicia, reparando la situación del hombre como criatura pecadora, y donde el Hijo lo rescata de su ceguera y mortandad, es propio de almas consagradas a ese fin, como san Pío de Pietrelcina o la Beata Alexandrina, por citar a dos figuras recientes. La reparación nos pone en relación de satisfacción con Dios Padre, por intercesión de Dios Hijo y con la capacidad de velar de Dios Espíritu Santo, y esto en la vida más oculta que pueda tener un creyente; porque hay que ir muy al abismo del misterio humano para rescatarlo de su propia muerte. Es un gran misterio hacerse cargo de la condición universal y compartida que late en toda criatura humana, e incluso no humana, y que gracias a esa re-ligación de todo en todos, Dios actúa y Dios sana.
Pasemos ahora a definir, con vocación pedagógica, lo que serían los tres modos o grados de reparación, comprendiendo que no son separables y que deben desarrollarse simultáneamente en cada alma llamada a esta devoción. Tengamos presente, a modo de ejemplo, a la Beata Alexandrina o al Padre Pío, dado que en ellos Nuestro Señor quiso darnos un testimonio reparador. En estas almas Jesús se vuelve transparente, y de ahí los estigmas y la exquisita pureza que irradiaron en vida y ahora siguen irradiando ya fallecidos.
1. Reparación moral o purgativa. Siguiendo el esquema teológico trinitario, que es la base del trinomio gnoseológico de los Padres y que se concreta en el Santo Rosario, mostramos los tres tipos de reparación, como tres grados de perfección. En la base, estaría la reparación de carácter moral o purgativa, que se muestra como itinerario en los misterios dolorosos del rosario. Esta supone un tipo de reparación implícita o negativa, en la terminología del padre Luis María Mendizábal, S. J. Esto supone evitar el pecado y hacer lo que la caridad exige. Este acto es más perfecto en la medida en que el discernimiento moral es más penetrante, y esto es obra del Espíritu Santo. El alma del reparador debe abandonarse y vaciarse a la Gracia, y esto trae implícito un deseo de pureza. Dicho de otra manera, toda reparación debe empezar en uno mismo, y la justicia nos obliga a nuestra conversión plena.
2. Reparación operativa o imitativa. Es en el huerto de Getsemaní donde Jesús nos muestra la naturaleza de esta vocación. Allí se lleva Jesús a sus principales discípulos, no a todos, sino a aquellos a los que ha confiado un puesto especial en su nueva Iglesia. Les instruye en lo que es la quintaesencia de esta co-participación: acompañar, vigilar y consolar. En el huerto, el Dios de la creación, que en el Génesis nos recuerda que todo lo creado «es bueno», se transforma en el Dios de la redención, para que toda la creación vuelva a su bondad original. Para ello es necesario un anonadamiento del amor, una plenitud de la entrega, una victoria de la santidad. Jesús se ofrece como hombre universal por amor al Padre y por amor a los hombres somos hijos en el Hijo. Él es el puente que une lo que quedó aniquilado y para ello edifica una Iglesia sobrenatural sobre los escombros de la dispersión y la soberbia. En aquella noche de tremendo sufrimiento, de amor extremo, se une lo que estaba roto, se inicia un tiempo nuevo para que el hombre se sume a la misericordia del Justo. Con el fin de que esto se vuelva en nuestro beneficio y en beneficio de la humanidad sufriente, necesitamos acompañar a Jesús en la noche del alma, donde debemos abandonarnos al Padre, debemos hacer vigilia, para mantenernos firmes ante la corrupción del mundo, y debemos consolar con nuestra vida el desafío ontológico del sufrimiento de Jesús, donde Dios acoge, recoge y transforma toda nuestra humanidad herida. Pero el hombre, como los apóstoles, tiende al cansancio y al sueño; por eso debe ser avivado por la presencia de Jesús, conmovido ante el testimonio del sufrimiento de la bondad y de la belleza, despertado por las visitas del Señor, que por tres veces regresa a sus discípulos y los ve dormidos. Es en la imitación de Jesús donde adquirimos la fortaleza para reparar esta herida, para coser las dos orillas, terrenal y celestial, que se separaron en la rebelión adánica.
3. Reparación contemplativa o unitiva. Siguiendo el voto y el carisma de la Militia, en esta disertación pedagógica, nos encontramos en este grado de reparación con el magisterio de la Mater Dolorosa al pie de la Cruz. Si en los anteriores grados, todo esfuerzo se inicia en nosotros, como parte de un compromiso y de una compresión o meditación, en esta estación la Gracia coopera vivamente en nosotros, y aquí nos enfrentamos a un misterio que excede nuestra capacidad de comprensión. En su grado más alto, está la Virgen María, que, como la Tradición nos dice, se convierte, en los días de la muerte de Jesús y hasta su resurrección, en el único sagrario del mundo donde se oculta el Hijo. También nos encontramos con las operaciones secretas de esas almas que el Señor escoge, para mantener viva la redención, ocultándolas en el más perfecto anonimato. También, en sentido opuesto, nos encontramos con las almas reparadoras, que llevan al extremo este misterio transformativo a la luz de todos, como auténticos Cristo entre nosotros, como la beata Alexandrina o el Padre Pío, entre muchos otros santos.
Es posible que, de alguna manera, aunque nos resulte incomprensible, toda alma que tiene la voluntad sincera de reparar, alcance, sin ser consciente de ello, algo de este grado. Y esto nos parece posible por la ley de universalidad: al ser todos criaturas de Dios y estar sostenidos por un mismo linaje, debemos deducir que en todos resuene de alguna manera el mérito de cada uno. Si además las almas bautizadas están todas injertadas en Cristo, sus actos no pueden ser indiferentes.
De hecho, visto en profundidad, la reparación que se hace al amparo de la Mater Dolorosa, al pie de la Cruz, compartiendo los dolores y muerte de Jesús, nos predisponen a un acto de expiación más pleno que nos une más completamente a Dios. Participar con Cristo en la Cruz nos lleva a la plenitud de su amor y, desde ahí, somos co-reparadores en la expiación de las culpas. En ese momento, todos nuestros sacrificios, todas nuestras penitencias, todo nuestro deseo de reparación se unen a Cristo, cabeza de la Iglesia, y así alcanzan la obra de la divinidad. Una misión reservada para muy pocas almas es llevar al extremo su celo por la salvación del hombre, en imitación perfecta de Cristo. Pero, sea en el grado que sea, animados por una Gracia descendente o todavía sostenidos por una voluntad ascendente, cuando llegamos a recoger en nuestro insignificante pecho el rostro maltrecho y herido de Nuestro Señor Jesucristo, nos sentimos llamados a hacernos sagrarios vivos, como María. Por eso, en la oración reparadora, exclamamos: «¡Jesús, venid a mi corazón!».