Mt 20, 6
¿Qué puede significar la hora undécima? Es aquella que precede a la hora 12 o cierre del ciclo temporal. Es cuando estamos en el umbral de completar una jornada. Así, en la historia de Adán y Eva fue la hora donde se escondieron de Dios, después de pecar, y Este decretó su expulsión del paraíso. En nuestro tiempo actual, sería la hora donde la humanidad ha sido dominada por la soberbia, ha olvidado o despreciado los sacramentos y el magisterio de la Iglesia y, en definitiva, ha lapidado, como el hijo pródigo, los bienes de su herencia espiritual. Es también cuando la Iglesia se esconde de Jesucristo. Entonces, Dios cerrará la jornada, llegará la noche, llamará a todos los trabajadores y les dará su paga y su juicio. Para muchos, esta hora undécima ya está girando sus manecillas; todos los signos lo apuntan, y el más significativo de todos: la luz de gracia de Nuestro Señor se esconde en el horizonte como en un atardecer. Un atardecer que no es tanto un alejamiento de Dios, sino un alejamiento del hombre, casi una muerte del hombre a su propia esencia y realidad.
¿Qué nos dice Jesús a los que vivimos ya en esta hora crepuscular? En el Evangelio de Mateo se nos da una gran esperanza. Nos busca en la plaza, símbolo de la vida pública, donde los hombres dormitan, se evaden, pierden el tiempo en una ociosidad disolvente o simplemente se esconden, como Adán. Allí, generosamente, nos ofrece un trabajo y su paga, aunque sea un trabajo a punto de concluir. Nos rescata de la inacción y de la destrucción, e incluso nos ofrece la misma recompensa que a nuestros padres, que iniciaron la vendimia al principio de la jornada y se agotaron más que nosotros. ¿Qué puede significar esto? Que estos últimos trabajadores tienen el mérito de esforzarse cuando toda la humanidad se ha abandonado a su destino.
La Militia Tabernaculi es consciente de estos signos y sus miembros son como los vendimiadores del Evangelio, que se levantan de su inacción y corren al huerto con esperanza y alegría, para salvar los últimos racimos antes de que la noche nos nivele a todos.
Si hay una hora para hacer reparación, es justamente la hora que se acerca como una flecha al final, cuando más almas se pierden y todo se desmorona. Al contrario de lo que afirman algunos de los llamados «nuevos teólogos», la oración reparadora no es una práctica antigua y sin sentido, sino justamente la oración más actual y necesaria para esta hora undécima.